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Dicen que cuanta más fuerza tiene un chamán, menos límites tendrá su espíritu. El de Chavela Vargas, la dama de poncho rojo, la Paloma Negra, la llorona y por encima de todo La Chamana, se ha fundido con su querida tierra mexicana, su aire caliente, el agua que lo baña y el fuego de los ojos de sus gentes. México, el macho de América, el que marcó su historia.

Por encima de todo, Chavela Vargas tenía el don divino de hacer sentir. Lo sabe el que tuvo la oportunidad de verla subir a un escenario, abrir sus brazos, como dijo su gran amigo Pedro Almodóvar de una manera sólo comparable a la de Jesucristo en la cruz, abrirlos y entonar con su voz desgarradora unas palabras que sin darte cuenta, de manera casi mágica, entraban en el alma haciendo recordar lo que significa sentir de verdad, lo que es llorar de rabia, cómo hay que beberse la vida y la pasión con la que hay que amar.

En su historia física, Chavela se enamoró de Frida Kahlo, compartió hogar con ella y Diego Rivera en la Casa Azul, donde recibía a Trotsky entre otras personalidades; para Joaquin Sabina fue la mestiza ardiente de lengua libre, la dueña del boulevard de los sueños rotos; forjó la mayor de las amistades con José Alfredo Jiménez, que escribía lo que hoy en día son mitos de la cultura musical en servilletas entre tequila y tequila para que Chavela las cantara; a la Macorina, la cubana de su amor guerrillero, la llevó por todo el mundo y a la llorona, la leyenda mexicana, la cantó en mil y una noches en vela convertidas en un duelo crucial con la pinche muerte, con la que tanto jugó y a la que nunca temió. En su historia sentimental, La Vargas cautivó al mundo entero con su delirio artístico, volvió su alma mexicana y le entregó su corazón a España, a la tierra de su adorado Federico García Lorca, con el que tenía una conexión especial.  ‘España y yo nos enamoramos. No lo pudimos evitar’, así dijo.

De esta tierra, de la hembra de Europa, vino a despedirse unas semanas antes de su muerte. En la Residencia de Estudiantes de Madrid, Chavela cantó a Lorca, se entregó por completo a sus 93 años y dijo adiós desde un pequeño escenario repleto de bombillas a un público emocionado que la prometió cuidar de su corazón para siempre. Ese público que la jaleaba y que cantó con ella llegaré hasta donde estés, yo sé perder, quiero volver, volver, volver… a voz en grito, fue el último que vio al mito costarricense subida a un escenario. Tuve la suerte de estar sentado en las primeras filas. Tuve esa suerte, la que me llevo conmigo el resto de mis días, la de aplaudir sin descanso con dos lagrimas de tequila que surgieron casi sin percatarme de ello gracias a su don divino y que quemaban mis mejillas al decir adiós, hasta siempre Chamana. Todos los allí presentes sabíamos de lo histórico del momento, se respiraba en el aire ese aroma de las ocasiones especiales, de las que van a pasar rápido ante los ojos y se van a esconder en un rincón del alma sin poder evitarlo. El cielo estrellado de Madrid trajo a Lorca una vez más hasta su Residencia para aplaudir también a Chavela, que sonreía enfundada en su poncho rojo a la tierra que volvió para saber cómo se encontraba su corazón, el que aquí dejó, el que nos ha dejado.

Y así se fue, como vivió, como quiso, como se le dio la gana. Hoy Chavela Vargas ha decidido dejar de beberse la vida de resbalón en resbalón y de tequilón en tequilón y trascender, como Chamana. Hoy las amarguras vuelven a ser amargas. Hoy ha nacido el mito que cura las penas del alma, doña Chavela Vargas.