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Era hija de la Mejorana, le llamaron la Emperaora, musa de artistas y autores, con sus brazos embrujó a Falla, con sus ojos a Alfonso XIII, con su duende a Julio Romero de Torres y con su arte hasta a Mata Hari. Pastora Imperio es uno de esos personajes que sobreviven a su propia historia para hacerse leyenda que atrapa a cualquiera por mucho que pasen los años.

Dejándonos guiar por las fuentes, al menos en apariencia, más fidedignas, su nombre artístico se lo otorgó José Fernández Hermosa, fundador del madrileño Salón Japonés en el que una joven Pastora debutó a dúo con Mariquita la Roteña. Aquel hombre las dio a conocer a la capital como ‘las hermanas Imperio’ y de ahí al apellido que la sevillana habría de llevar por el mundo. Sin embargo y como casi siempre, la historia más popular, la que pasó de boca en boca sobre cómo Pastora encontró su Imperio es otra bien distinta y probablemente veraz, aunque viniera después. El protagonista de la misma, don Jacinto Benavente, lejos de distintas anécdotas acontecidas años más tardes con alguna que otra folclórica sevillana de caracolillo en la frente, sorprendió al público diciendo: ‘¡Esta Pastora vale un Imperio!’. Benavente, además, dio muestras de su admiración por Pastora en otras muchas ocasiones escribiendo cosas como: ‘Pastora Imperio es siempre. Y es de tal manera, que es ella sola y es única (…), es mármol y es fuego (…), ve uno a Pastora Imperio y la vida se intensifica: van pasando amores y celos de otras vidas y se siente uno héroe y bandido (…), cuando la ve cree uno en Dios lo mismo que cuando lee a Shakespeare’.

Los profundos ojos verdes de Pastora se hicieron famosos alrededor del mundo gracias a sus giras, sus paseos por la Alfalfa de Sevilla, sus viajes transatlánticos… pero a veces a su pesar su corazón quedó preso en el pecho de un torero conocido como el divino calvo, Rafael el Gallo, hermano mayor de Joselito, por el que la Macarena vestiría luto. La tormentosa relación que vivieron la flamenca y el matador siendo muy jóvenes alimentó los titulares de la prensa del corazón de la época y las habladurías de una sociedad de mente en general no tan abierta como la de la Imperio, que no dudó en huir a Madrid, donde paseando el verde de sus ojos por la Plaza de Oriente fue el mismísimo monarca Alfonso XIII el que cayó bajo su embrujo. Pero aunque Pastora era monárquica por los cuatro costados, en el propio Palacio Real la sevillana rechazó al rey y le confesó la relación que mantenía con su primo Fernando de Borbón, Duque de Dúrcal, con el que tuvo a su única hija, Rosario, que si bien mantendría relación con el padre, nunca sería reconocida por él con su apellido.

Para la historia de la cultura mundial queda ya la obra para la que Pastora sirvió de inspiración: El amor brujo de Manuel de Falla. Dicen que fue la Mejorana, la madre y también popular bailaora en su época, la que pidió al autor amigo de su hija que la escribiese. Y Falla, cuando lo estaba haciendo, decidió que aquella obra reflejara lo que la propia Imperio: el arte español. El estreno del espectáculo llenó el madrileño Teatro Lara durante meses con un respetable que enmudecía ante la fuerza de la simbiosis entre artista y espectáculo.

Y del Teatro Lara a la eternidad. Pastora Imperio vivió como quiso, con su libertad y sus pasiones. Pastora Imperio, para siempre.

Más información: ‘Reina del Duende’, de María Estévez, Roca Editorial 2012