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Estando esta noche totalmente sumergido en la fase REM, aquella en la que el individuo está más receptivo y en la que se producen los sueños, me he visto sorprendido por la presencia de una mujer con brillo de estrella que ha entrado con paso firme y me ha mirado desde las alturas del Olimpo. Sus ojos tenían ya la seguridad de estar de vuelta de todo y sus arrugas hablaban de experiencias, éxitos y fracasos. Sin embargo, desde ahí abajo la he visto transformarse. De repente ha rejuvenecido y ha comenzado a hablar por boca de una Rosita con acento sureño a la que según ella misma me ha indicado llaman Malvaloca, y cuando intentaba contarme sus desventuras con un tal Leonardo el pelo, la piel le ha vuelto a cambiar. Me ha mirado algo altiva y Andalucía ha desaparecido de su voz. Estaba enfadada, hablaba de un lugar llamado Fuenteovejuna y me ha pedido un arma para luchar. – ‘¿Un arma?’ – le he dicho, pero ella ya no era ella, se ha dado la vuelta y no me hablaba. He creído ver algo sujeto con fuerza por sus manos y al encararme de nuevo ese algo se me ha descubierto como una muñeca antigua, fría. Se dirigía a ella y la mimaba con sumo cuidado, como si las dos hablasen De mujer a mujer. La señora se ha vuelto loca, es lo único que la lógica me ha permitido pensar. Llegados a ese punto he intentado hablar con ella, preguntarle, pero al desaparecer la muñeca de sus manos, el suelo bajo sus pies también se ha transformado en tablas de madera que crujían de vez en cuando y la loca de la muñeca era ahora una vieja disfrazada de alcahueta que me miraba con ojos de bruja Celestina. Parecía querer esconderse, no quería que la reconociera. Ha sido inútil, supe quien era desde el primer momento. Da igual Isabel de Farnesio en Esquilache que Bernarda Alba, su mirada inquieta se hace inimitable en sus ojos. Los ojos de Amparo Rivelles.

Esos ojos se abrieron por primera vez hace hoy 87 años, como los de Paul Newman o    Asunción Balaguer, el mismo año 1925 en el que Chaplin rodaba ‘La quimera de oro’ y Eisenstein ‘El acorazado Potemkin’. Nieta, hija, hermana y tía de actores, el legado que Amparo Rivelles y su familia dejan a la cultura teatral y cinematográfica en general es tan grande como su Madrid natal.

En 2011 el Instituto Cervantes le rendía homenaje en una ceremonia en la que desde el escenario, su estado natural, la maestra de la dicción bromeó: ‘Soy la actriz que más hambre ha pasado, pero porque no comía porque estaba muy gorda. Ahora como y estoy delgada. Será para irme acostumbrándome al esqueleto, que ya me queda poco’, a lo que dicen que el patio de butacas pareció contestar: ‘No nos dejes nunca, Amparo’.

Foto: Amparo Rivelles por Sergio Parra (exposición Camerinos) // Homenaje a Amparo Rivelles – Insituto Cervantes (El Mundo) // Amparo Rivelles – Ficha IMDB //