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Pina Bausch nació en 1940 en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial. Su pasión por la danza como medio de expresión y sus movimientos lentos y elegantes le llevaron a Nueva York cuando solamente tenía diecinueve años. Lo innovador de su trabajo hizo que su obra (por ejemplo ‘Café Muller’ en 1978) fuera conocida en el mundo entero. De fuerte personalidad, Pina entrevistaba a sus alumnos antes de comenzar a dar clase. Se interesaba por sus inquietudes y sus miedos y les daba sus pautas personales para lograr cada uno de sus objetivos. Con ‘Pina’ (Wim Wenders, 2011) , esos bailarines le devuelven el favor y crean una película documental no ya surgida por la vida y la obra de la coreógrafa alemana si no para ella.

Cuando Pina Bausch murió en junio de 2009 pocos días después de serle detectado un cáncer, Wenders ya trabajaba en la cinta que habría de rendirle homenaje y decidió crear ‘Pina’ con imágenes de archivo, sus coreografías más famosas interpretadas por antiguos alumnos y miembros de su compañía y sus testimonios, la primera impresión que de ella recibieron, sus consejos, su manera de trabajar…

Así, Wim Wenders consigue un bello homenaje a la personalidad de Bausch mostrándonos incluso los números desde sus vísceras, desde su fondo y explicándonos la desesperada manera en que la alemana intentaba hacer aflorar lo que por dentro sentía. Si bien es cierto que el director se deja llevar quizá demasiado al sacar algunas coreografías de su espacio habitual para llevarlas a calles, montes o jardines, lo que cuenta visualmente de una manera clara es la enorme personalidad de Pina, la Carmen de la danza alemana y su rebeldía eterna.