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Si Buñuel encerró en ‘El Ángel Exterminador’, (1962) a un grupo de burgueses en una casa de la calle de la Providencia después de asistir a la ópera, Polanski hace lo propio con su propia orquesta formada por Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz y John C Reilly, que afinan a la perfección en Un Dios Salvaje (2011), la adaptación de la obra teatral de Yasmina Reza que el director polaco estrena estos días en España.

Ya dice el refrán que las comparaciones son odiosas pero las similitudes entre ambas historias retumban en la cabeza del espectador incluso horas después de salir del cine. Aunque quizá sea más acertado decir que su parecido radica en la manera de contar la historia y no en ella en sí misma. Buñuel creó una película eterna, de esas que se ven más de una vez para no dejarse uno nada en el camino, e ironizó a las altas clases sociales mostrando la degradación de sus buenas maneras a medida que va aumentando el tiempo de su encierro y disminuyendo a su vez la comida, la bebida, el buen humor y la paciencia del grupo. Los señoritos acabarán comportándose como animales en su propia lucha por la supervivencia.

Algo parecido les ocurre a los afinados personajes de Un Dios Salvaje. Dos parejas se reúnen para dar solución a una pelea ocurrida entre sus hijos en un parque neoyorquino. En una cinta corta, de apenas 1 hora y 20 minutos de duración, observamos el viaje de todos los personajes desde su bonita fachada hasta un interior ruinoso y sucio. Todo son buenos modales en estos primeros momentos, son cosas de niños, tomemos café, solucionémoslo civilizadamente… pero nada más lejos de la realidad. El matrimonio Longstreet (Foster y Reilly) redacta una carta inculpando al hijo contrario, su adversario, y mostrándose unidos para conseguir defenderle. La unión durará poco, así como la pasividad del marido, y pronto airearán sus trapos sucios sin ningún tipo de pudor. Los Cowan son más sofisticados, más elegantes. Él (Waltz) es el único que se muestra incómodo desde un primer momento, más fuera que dentro, algo que agotará la paciencia de su esposa (Winslet), que acabará ebria de whisky (del bueno, eso sí) y vomitando en la mesa de los Longstreet.

Sin olvidar que estamos ante una comedia, en el fondo la historia habla de las ridículas normas e imposiciones sociales que aún hoy en día (o incluso más hoy en día…) dirigen nuestras vidas sin poder evitarlo.

La película suena fuerte de cara a la próxima edición de los Oscar, sobre todo por la brillante actuación de sus protagonistas, que llevan el ritmo de la historia y la convierten en lo que llega a ser: un gran film.